Pasas la rotonda, llegas al camino de las moreras y te encuentras con el parón,…? obras!, qué horror. Son las 3 de la tarde del mes de julio, 40 grados a la sombra, y esto que no tira. Será cuestión de salir de aquí, volando. Buscaré algún pasatiempo.
Miro hacia la carretera y veo una estampa muy colorista. Un montón de obreros, de distintas razas, con chalecos verdes en el arcén, contemplando como hace la zanja una máquina de esas de playmobil, muy pequeña , de color amarillo vistoso, y todos parecen saber mucho, indican con el dedo para allá y para acá, para arriba y para abajo pero nadie hace nada, sólo curra el que conduce la máquina. Me río.
Delante, en primera fila, un hombre con panza saliente y la cara muy roja, dirige el tráfico. Lleva dos señales en la mano , ahora le toca sacar el STOP, y mirando a su compañero de enfrente, pequeño y morenito, le da un silbido y le hace una seña acompañada de una subida de ceja y un movimiento de cuello, el cual saca la flecha azul que te da paso. ¡dios mío, dios mio, que tenga suerte!, pienso. Si no me encuentro otro coche de morros, será como un milagro, porque el hombre de la panza saliente, da la impresión que está dormido, creo hasta que ha dado una cabezadita y es que da la impresión que ha comido bien, algo suave, su tortillita de tres o cuatro huevos acompañada de sus chuletitas , cerveza , carajillo y copa, o algo así, y claro, ahora tiene su modorra , como toca.
Al fin, paso, y cuando llego al otro lado, es tal la alegría que tengo, que ganas me dan de darle un beso, aunque le despierte, por lo bien que lo ha hecho.
Te das cuenta que un obrero con una señal tiene mucho poder, pero es aquí donde se debería hacer el control de alcoholemia, y no precisamente a los conductores que vamos acojonados, sino, a estos improvisados guardias de tráfico.
Me ha gustado, es descriptivo, crítico e irónico, salpicado de humor.
ResponderEliminarSaludoTe