Salgo de casa y al cerrar la puerta, pienso…, la de veces que habré hecho este gesto. Cerrar la puerta, dar la luz, llamar al ascensor, terminar de vestirte, ponerte el pendiente que te falta; llegar al patio y hablar con la limpiadora. Pero no…, hoy no está la limpiadora. Hoy va a ser diferente.
Al salir del ascensor me encuentro con mi vecina de la puerta 34 en la rampa, cogida con toda su fuerza al pasamanos apoyando su hombro sobre el interruptor de la luz, quedándose enganchado con un ruido ensordecedor, con las piernas dobladas, casi arrodillada , temblando y llorando.
Mi vecina de la puerta 34, doña Celia, viuda de militar, maestra jubilada, bien parecida, siempre muy encopetada, asidua a la parroquia pero no muy dada a la caridad, y muy arrogante y altiva. Esa vecina que te cuenta con todo lujo de detalles cuando hace algún viaje . Que si ha venido de china y se va a Jordania…que si el año pasado estuvo en la India y el año anterior en Sebastopol… Tú la escuchas, por educación y porque es tu vecina.
Pues bien. Esa vecina, hace unos meses, increpó a mi hijo y a 2 amigos, ( uno de ellos vive en la misma finca, 2 pisos más abajo) en muy mal tono, porque estaban sentados hablando y riendo en el rellano del patio. Preguntándoles, en muy mal tono, - qué hacían allí?- A lo que los chicos le respondieron- estamos hablando, le recordamos que también vivimos aquí-, seguramente, con el mismo mal tono con se había hecho la pregunta, cosa por otro lado normal, puesto que son chicos de 15 años que se han sentido humillados . - Si, ya sé que vivís aquí pero, este lugar es zona común y gastáis luz que también la tengo que pagar yo-. –para hablar os vais a la calle.- En la calle hace frío, señora-; Y aprovechando la lista de humillaciones, les preguntó que- por cierto, a ver qué tipo de gente metéis aquí que ya he visto varias veces que un negrito entra con vosotros y alguna vez llama al timbre-. Supongo que la respuesta sería: Ese negrito se llama Hugo y es nuestro amigo además de que a Vd. , ¿qué le importa? . A lo que la señora , se sintió ofendida llamándoles , maleducados- hablaré con vuestras madres-.
Cuando mi hijo llega a casa, me lo cuenta. Y ante tal barbaridad , me enervo y me subo por las paredes. Me sienta muy mal por varias razones; primera; porque parece que a los adolescentes se les persigue por el simple hecho de ser adolescentes, pero la razón más importante, aparte de que es una vecina de mi mismo rellano es porque ¡ ha sido maestra!, y debería saber que es un lujo con esa edad , que estén hablando en el rellano en lugar de estar tirando piedras a las farolas, y las palabras – estáis gastando luz y la tengo que pagar yo-, me parecen de tan poca sensibilidad, que no me lo podía creer. Una señora que ¡ ha sido maestra!( pobres alumnos).
Varios días estuve preparando lo que tenía que decir cuando me encontrara con ella, incluso la rehuía, hasta que me di cuenta que la única que sufría con esos pensamientos ,( que no se me iban de la cabeza, por cierto)era yo. Y lo olvidé. Eso sí en el rellano, si coincidíamos , buenas y adiós .
Hasta hoy...
Al verla en ese mismo patio,( gastando luz común, a mí, no me ha importado.)- No te preocupes , Celia,- le he dicho- , ¿qué ha pasado? apóyate en mí y te subo a casa- . En el ascensor, me contó que hace un mes le dio un ictus quedándole medio cuerpo paralizado y ahora venía de rehabilitación. El señor de la ambulancia la había dejado en la puerta a la espera que bajara a buscarla su hijo, pero nadie bajó. Se abrazó a mí y lloro, y yo, lloré con ella. Y al llegar a la puerta de su casa dijo- ¿Y los chicos?. No se si porque le asaltó el arrepentimiento y quería calmar su conciencia. A lo que yo respondí, como si nada hubiera pasado,Ah… bien, muchas gracias.